
12 de febrero de 2009. El britpop ha muerto, ¡viva el rock!. Los Gallagher apabullaron en el Palacio de los Deportes de Madrid. Lleno absoluto, 15.000 personas y yo con ellos, sacándome una espina que duraba casi quince años dentro. Ahora puedo gritarlo: ¡Ya está fuera!
Reconozco mi miedo a salir defraudado por esos chulos, malencarados, bocazas… Pero bueno, soy fan de Oasis, y ¿Oasis no era esto? Pue sí, esto, y sensacionales canciones, que a ellos les sobran. El miedo y los prejuicios se esfumaron cuando Liam abrió su big mouth para cantar el primer temazo de la noche, Rock and roll star, y aquello anunciaba algo para recordar. ¡Abran fuego!
De forma totalmente insospechada dada su reputación de hooligans bravucones, Oasis opta por la mesura cuando se posiciona en el escenario. Solvencia y profesionalidad, actitud que no está reñida con la brillantez, más bien todo lo contrario cuando tu poderío musical te da para eso y más. Oasis tiene muy poco interés por ofrecer un espectáculo, digamos, extramusical, circense. La puesta en escena roza el minimalismo, con Noel, el mayor de los Gallagher, empuñando su guitarra, que apenas da unos pasitos y a tocar. Su hermano Liam, con abrigo y bufanda, ni suda. Se planta frente al micrófono, cruza las manos en su trasero, estira el cuello y, ¡hala!, a cantar.
A partir del eléctrico inicio exhiben un repertorio sensacional, llenan tanto el escenario con su talento y su poderío que poco importa que no suden la camiseta. Por cierto, y hablando de camisetas, todos aquellos que se consideren fans de Oasis deberían empezar por saber que entonar en un concierto de los Gallagher el “Glory, Glory Man. United” de los Statu Quo, no hace más que molestar a unos declarados hinchas del Manchester City. Vale, lo achacaremos a la ignorancia o a una simple provocación, cosa que, por otra parte, dudo mucho.
El grupo, sobre un escenario sobrio (una pantalla detrás de ellos partida en cuatro), regaló un concierto repleto de grandísimos temas. Himnos generacionales como Supersonic, Wonderwall, Slide away, Morning Glory, Cigarrettes & Alcohol, aliñados por algunos temas de su nuevo trabajo, Dig out your soul. Mención especial a la interpretación de un solitario Noel Gallagher de Don’t look back in anger, posiblemente el momento del concierto. Con esos temas cualquiera. Mientras Noel punteaba su guitarra, Liam montaba su número: paralizado en el centro del escenario, subía el cuello de su chaqueta, escurría sus manos en los bolsillos y miraba desafiante a alguien del público. Y así pasaba el tiempo. Pero, ¿no es eso lo que queríamos vivir? Pues sí, y es una parafernalia que en cualquier otro caso rozaría el ridículo, pero que cobra sentido cuando lo hace este tipo tan “especialito”, y, por supuesto, dentro del universo Oasis.
El concierto se cerró con una intensísima y salvaje versión de I am the walrus. Psicodelia Beatle. Un final sólo para muy iniciados. Más de hora y media de concierto inolvidable, que supo a poco por lo grandioso del espectáculo, aunque ese poco dejara patente la jerarquía, supuestamente derramada desde aquel Be here now del año 97, el disco que (dicen) mató al britpop.
Sobre las tablas del Palacio de los Deportes se coció una gran noche rock. La noche de los últimos clásicos.
Texto y foto: Román